viernes, 28 de noviembre de 2014

LA INTELIGENCIA COLECTIVA Y SU RELACIÓN CON LA CIBERCULTURA


Lo justo a la hora de abordar este tema es tener claros los conceptos de Inteligencia Colectiva como punto de partida y de cibercultura como punto de llegada, y con la que se establece una íntima relación.

¿Qué es inteligencia colectiva?

Para definir qué es la inteligencia colectiva, recurriremos a Pierre Levy en algunos apartes de su libro dedicado específicamente a tratar este tema: “Inteligencia Colectiva, por una antropología del ciberespacio” (2004), donde dice de manera muy sintética y precisa que es una inteligencia repartida en todas partes, valorizada constantemente, coordinada en tiempo real, que conduce a una movilización efectiva de las competencias. Antes de pasar a explicar cada una de las partes de esta definición es importante hacer una salvedad, indicada por el mismo autor: que el fundamento y el objetivo de la inteligencia colectiva es el reconocimiento y el enriquecimiento mutuo de las personas, y no el culto de comunidades fetichizadas o hipóstasiadas.

Una inteligencia repartida en todas partes: tal es nuestro axioma de partida. Nadie lo sabe todo, todo el mundo sabe algo, todo el conocimiento está en la humanidad. No existe ningún reservorio de conocimiento trascendente y el conocimiento no es otro que lo que sabe la gente.  La luz del espíritu brilla incluso allí donde se trata de hacer creer que no hay inteligencia: “fracaso escolar”, “simple ejecución”, “subdesarrollo”, etcétera. El juicio global de ignorancia se torna contra  el que lo emite. Si lo asalta la debilidad de pensar que alguien es ignorante, busque en qué contexto lo que él sabe se convierte en oro.

Una inteligencia valorizada constantemente: La inteligencia es repartida por todas partes, es un hecho. Pero se hace necesario ahora pasar del hecho al proyecto, pues esta inteligencia a menudo despreciada, ignorada, inutilizada, humillada no es valorada con justeza. Mientras que nos preocupamos cada vez más por evitar el despilfarro económico o ecológico, parece que se derrocha impetuosamente el recurso más precioso al rechazar tomarlo en cuenta, desarrollarlo y emplearlo dondequiera que se encuentra. Desde el boletín escolar hasta los gráficos estadísticos en las empresas, desde modos arcaicos de gestión hasta la exclusión social por el desempleo, asistimos hoy a una verdadera organización de la ignorancia de la inteligencia de las personas, a un espantoso desperdicio de experiencia, de competencias y de riqueza humana.

La coordinación en tiempo real de las inteligencias implica ajustes de comunicación que, más allá de cierto umbral cuantitativo, solo pueden basarse en tecnologías numéricas de la información. Los nuevos sistemas de comunicación deberían ofrecer a los miembros de una comunidad los medios para coordinar sus interacciones en el mismo universo virtual de conocimientos.  No se trataría pues solo de concebir el mundo físico ordinario, sino también de permitir a los miembros de colectivos delimitados de interactuar dentro de un paisaje móvil de significaciones. Acontecimientos, decisiones, acciones y personas estarían situados en los mapas dinámicos de un contexto compartido, y transformarían continuamente el universo virtual dentro del cual toman sentido. En esta perspectiva, el ciberespacio se convertiría en el espacio inestable de las interacciones entre conocimientos y conocientes de colectivos inteligentes deterritorializados.

Conducir a una movilización efectiva de las competencias. Si se quiere movilizar competencias habría que identificarlas. Y para localizarlas hay que reconocerlas en toda su diversidad. Los conocimientos oficialmente validados solo representan hoy una ínfima minoría de los que son activos.  Este aspecto del reconocimiento es capital porque no tiene solo por finalidad una mejor administración de las competencias en las empresas y los colectivos en general, posee también una dimensión ético-política.  En la edad del conocimiento, no reconocer al otro en su inteligencia, es negar su verdadera identidad social, es alimentar su resentimiento y su hostilidad, es sustentar la humillación, la frustración de la que nace la violencia. Sin embargo, cuando se valoriza al otro, según la gama variada de sus conocimientos se le permite identificarse de un modo nuevo y positivo, se contribuye a movilizarlo, a desarrollar en él, en cambio, sentimientos de reconocimiento que facilitarán como reacción, la implicación subjetiva de otras personas en proyectos colectivos.

El ideal de la inteligencia colectiva implica la valoración técnica, económica, jurídica y humana de una inteligencia repartida en todas partes con el fin de desencadenar una dinámica positiva del reconocimiento y de la movilización de las competencias.  



¿Qué es la cibercultura?

La definición de cibercultura, puede ser extractada desde la descripción que hace Prensky, de la sociedad estudiantil actual, al inicio de su publicación “Nativos e inmigrantes digitales” (2010):
Los estudiantes del Siglo XXI han experimentado un cambio radical con respecto a sus inmediatos predecesores. No se trata sólo de las habituales diferencias en argot, estética, indumentaria y ornamentación personal o, incluso, estilo, que siempre quedan patentes cuando se establece una analogía entre jóvenes de cualquier generación respecto a sus antecesores, sino que nos referimos a algo mucho más complejo, profundo y trascendental: se ha producido una discontinuidad importante que constituye toda una “singularidad”; una discontinuidad motivada, sin duda, por la veloz e ininterrumpida difusión de la tecnología digital, que aparece en las últimas décadas del Siglo XX.

Los universitarios de hoy constituyen la primera generación formada en los nuevos avances tecnológicos, a los que se han acostumbrado por inmersión al encontrarse, desde siempre, rodeados de ordenadores, vídeos y videojuegos, música digital, telefonía móvil y otros entretenimientos y herramientas afines. En detrimento de la lectura (en la que han invertido menos de 5.000 h), han dedicado, en cambio, 10.000 h a los videojuegos y 20.000 h a la televisión, por lo cual no es exagerado considerar que la mensajería inmediata, el teléfono móvil, Internet, el correo electrónico, los juegos de ordenador... son inseparables de sus vidas.

Resulta evidente que nuestros estudiantes piensan y procesan la información de modo significativamente distinto a sus predecesores. Además, no es un hábito coyuntural sino que está llamado a prolongarse en el tiempo, que no se interrumpe sino que se acrecienta, de modo que su destreza en el manejo y utilización de la tecnología es superior a la de sus profesores y educadores.
“Diversas clases de experiencias conducen a diversas estructuras cerebrales”, afirma textualmente, al respecto el doctor Bruce D. Berry, de la Universidad de Medicina de Baylor, cuya afirmación nos hace pensar que, debido a dicha instrucción tecnológica, los cerebros de nuestros jóvenes experimenten cambios que los convierten en diferentes a los nuestros.

Esta misma realidad viene sintetizada en el artículo de Teresa Ayala Pérez,  “Lenguaje y Cibercultura. ¿Identidad versus tecnología?”(2010) del siguiente modo: en las últimas décadas las tecnologías de la información han provocado importantes cambios culturales y han dado origen a la llamada cibercultura (Castell, 1996; Kerckhove, 1997; Joyanes, 1997; Lévy, 2001) que ha modificado el entorno social, los productos culturales y las formas de comunicación e intercambio de información. Según Cabero Almenara (2007), las características de este contexto cultural son las sociedades globalizadas que giran en torno a las TIC, con nuevos sectores laborales, exceso de información y la velocidad del cambio; asimismo, implica cambios cognitivos (Small, 2009; Tapscott, 2009; Carr, 2010) y diferentes formas de socialización.

¿Cuál es la relación que se establece entre inteligencia colectiva y cibercultura?

Con lo dicho hasta aquí resultaría casi obvio deducir la relación entre inteligencia colectiva y cibercultura, pues si entre las características esenciales de la inteligencia colectiva está que nadie  posee el conocimiento en su totalidad, a la vez está en todas partes, es indudable que lo que hoy permite la difusión, el intercambio y el acceso a ese conocimiento, que sin estar concentrado en un solo lugar, es  accequible a todos y desde cualquier lugar, resulta posible gracias al auge de las nuevas tecnologías. Pero resulta también una relación inversa: es la suma de todo ese conocimiento fragmentado, que puesto en común ha permitido desarrollos inesperados en todos los campos del saber, pero de manera particular en lo que tiene que ver con las tecnologías de la información y las comunicaciones.    


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